- El hidrógeno verde y los biocombustibles despuntan como ejes del nuevo modelo energético. Los proyectos europeos avanzan, pero aún enfrentan barreras clave para masificarse.
- La revolución de las “moléculas verdes” ya ha comenzado, y su impacto se extenderá más allá del medioambiente: nuevas formas de energía, empleo y oportunidades industriales se abren paso en Europa.
- Tecnología para transformar aguas residuales en catalizadores de hidrógeno verde
A veces, una pequeña prueba basta para encender una transformación completa. Eso fue lo que ocurrió cuando en Mallorca, en septiembre de 2024, se conectó por primera vez hidrógeno generado con energía solar a la red convencional de gas. Era parte del proyecto Green Hysland, una iniciativa piloto con ambición continental. Cuando esté completamente operativo, su mezcla de hidrógeno y gas natural permitirá abastecer a más de 100.000 hogares y evitará miles de toneladas de emisiones.
Este tipo de ensayos ya no son hechos aislados. Por toda Europa se está apostando fuerte por estas nuevas formas de energía limpia, conocidas como moléculas verdes. No es una etiqueta de marketing: se trata de compuestos creados sin emisiones significativas y con métodos sostenibles, cuyo alcance se proyecta hacia sectores que hasta ahora eran prácticamente imposibles de descarbonizar.
Hidrógeno verde: qué es y por qué se habla tanto de él
El hidrógeno lleva tiempo siendo utilizado en diversas industrias, sobre todo en la petroquímica. Pero su producción tradicional está lejos de ser limpia: normalmente se obtiene a partir de gas natural, lo que implica emisiones elevadas. La variante verde del hidrógeno se genera a través de la electrólisis del agua, un proceso en el que se separan los elementos que la componen mediante electricidad proveniente de fuentes renovables.

Lo interesante de esta modalidad es su capacidad para integrarse en sectores donde la electricidad directa tiene limitaciones: transporte pesado, industria del acero o producción química, entre otros. Aunque hoy menos del 1 % del hidrógeno en circulación es de este tipo, su presencia irá en aumento en los próximos años, según proyecciones de las agencias energéticas internacionales.
Además, el hidrógeno verde podría cumplir una función adicional: actuar como reserva energética. Es decir, almacenar el exceso de electricidad generado en momentos de alta producción renovable. Este papel como batería energética lo convierte en una pieza fundamental en el rompecabezas de la transición energética.
Biocombustibles: el pasado que regresa con un giro sostenible
Aunque suene a novedad, los biocombustibles llevan años en circulación. El biodiésel y el bioetanol, producidos a partir de materias primas vegetales, ya forman parte de mezclas utilizadas en combustibles tradicionales. Sin embargo, su protagonismo puede crecer si logran independizarse de las mezclas fósiles y aumentar su capacidad de producción.
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Según datos recientes, en 2022 se consumieron más de 170.000 millones de litros de biocombustibles en el sector del transporte. Para alcanzar las metas climáticas fijadas para 2030, esa cifra debería al menos duplicarse. Aquí entran en juego los biocombustibles avanzados, que utilizan desechos agrícolas o cultivos no destinados a alimentación, solucionando en parte el dilema ético entre energía y comida.
Además de contribuir a la reducción de gases de efecto invernadero, este tipo de combustibles ofrece ventajas económicas. Permite dinamizar zonas rurales, dar un uso útil a residuos agrícolas y abrir nuevas cadenas de valor en el sector energético y logístico.
Las moléculas verdes como motor económico: promesas y obstáculos
Más allá de su dimensión ecológica, las moléculas verdes representan una oportunidad para reactivar la economía europea. Un estudio reciente estima que su desarrollo puede sumar 145.000 millones de euros al PIB comunitario de aquí a 2040. El crecimiento se reflejaría en la industria energética, pero también en sectores como la construcción, los servicios o la ingeniería.
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Pero el entusiasmo debe ir acompañado de cautela. Por lo que respecta al hidrógeno verde aún no es competitivo en coste frente a las alternativas fósiles, y los marcos regulatorios son inconsistentes. En el caso de los biocombustibles, los retos pasan por aumentar su producción sin entrar en conflicto con el uso agrícola de la tierra.
La clave estará en invertir de forma sostenida en tecnología, infraestructuras y sobre todo, en formación. Crear una mano de obra capacitada para liderar esta transición será tan importante como levantar nuevas plantas o aprobar normativas.


